¿Quién ganará el debate?

En una entrevista que Jacobo Zabludovsky concedió a su colega Carmen Aristegui en mayo de 2012, el periodista dijo que quien había ganado el debate de aquel año entre la candidata y los candidatos a la presidencia fue la sociedad. “Todos ganamos”, dijo, al igual que el entonces Instituto Federal Electoral (IFE) porque no se inclinó hacia alguien.

Antes, recordó Zabludovsky, cuando gobernaba solo un partido que dominaba los poderes jurídicos y los poderes fácticos “no se organizaban debates”. Y lo que se pudo ver en el debate de 2012 “es que los cuatro, no importa la fuerza que tengan en los estudios de simpatías públicas, todos tuvieron la misma oportunidad, el mismo tiempo, el mismo trato y eso es un gran adelanto”.

En ese debate participaron Andrés Manuel López Obrador, Enrique Peña Nieto, Gabriel Quadri y Josefina Vázquez Mota. De ese encuentro muchos recuerdan el diferendo en torno de la televisión y su capacidad para hacer presidentes, pero ante todo la participación de la modelo Julia Orayen, quien tuvo la responsabilidad de entregar las tarjetas que precisaban el orden de participación.

La polémica sobre la vestimenta de la edecán opacó la esencia del debate. En los medios y redes sociales fue la “nota” y minimizó otros temas relevantes, como la regulación de la publicidad oficial. El mismo IFE alimentó la discusión al lamentar en un comunicado “el desacierto de producción asociado a la vestimenta durante el primer debate presidencial” y al ofrecer “una disculpa a la ciudadanía y a la candidata y a los candidatos a la presidencia”.

Independientemente del “desacierto” y de las peculiares prioridades de las agendas mediáticas, Zabludovsky -el periodista que sirvió al partido durante décadas- tuvo razón en lo siguiente: con los debates, la ciudadanía y las audiencias cuentan con mayores elementos de información sobre el perfil de cada candidata o candidato, su capacidad para la argumentación, para exponer propuestas y contrastar ideas. Sí es un logro democrático en un país en el que por décadas la oposición política no tuvo espacios en los medios de comunicación.

Como ha ocurrido con otros encuentros similares, es probable que el debate que veremos el próximo domingo y los dos debates consecuentes no sean determinantes en las votaciones. Sin embargo, ahora están puestos sobre la mesa otros elementos que no teníamos de otros ejercicios similares, lo que alimenta las expectativas sobre su desarrollo e impacto político y comunicacional.

En primer lugar, el formato. Ya no será tan rígido, será posible una mayor interacción entre periodistas con la candidata y los candidatos. Se espera un mayor espectáculo político y preguntas mucho más incisivas. En sus cuestionamientos, los moderadores tienen el reto de hacer periodismo y no mostrar abiertamente sus preferencias políticas. Será difícil en algunos casos porque en sus trabajos periodísticos han mostrado ser particularmente más críticos hacia uno de los candidatos.

Un segundo factor es que quizás el debate logre una mayor audiencia que otros años por la enorme cobertura en radio, televisión y ahora en redes sociales (Twitter y Facebook). También porque de acuerdo con una encuesta de Parametría aplicada en viviendas, entre el 2012 y el 2018 creció significativamente el número de ciudadanos que están “mucho” o “algo” interesados en política, al transitar de 30 de cada 100 en 2012, a 42 por ciento a inicios de marzo de este año.

Aún falta mucho para que la política se convierta en un tema mucho más relevante en la vida cotidiana de millones de personas. No obstante, uno pensaría que tenemos una sociedad más politizada y, según la misma encuesta, con mayor disposición a informarse y votar. Así que el del domingo podría convertirse en el debate electoral más visto en la historia de nuestro país y en el que habrá una mayor participación e interacción en redes sociales.

Y un tercer elemento que destaca el periodista Roberto Zamarripa (Reforma, 16 de abril 2018) es la participación de Jaime Rodríguez “El Bronco”. “En 2012 -dice- para resbalar los ataques a Peña, fue colocada una edecán de amplio escote para hacer del debate un burlesque; ahora trajeron a El Bronco, quien será el peladito de la fiesta, el bribón que se roba los cubiertos y escupe impunemente… en la cara de sus contendientes”.

Más allá de los calificativos, debe reconocerse que El Bronco, como Quadri en su momento, es el que tiene menos que perder en este debate. No podemos esperar que se muestre como un estadista o un demócrata, menos aún después del desaseo en la recolección de sus firmas de apoyo y la decisión del Tribunal Electoral que lo colocó en la boleta, sino como un contendiente que buscará prender fuego al candidato a vencer: López Obrador. Con él harán equipo el resto de los participantes.

Zamarripa también dice que los patrocinadores de El Bronco “probablemente no se han dado cuenta de lo que han provocado con esa inoculación”: que “ya la elección despierta hedor” y que “el debate será estropeado por el peladito”, pero que en una de esas “termina ensuciando a su dueño”. Puede ser porque en lugar de estropear la campaña de López Obrador, puede paradójicamente levantarla si el escarnio, las acusaciones o los señalamientos hacia su persona se hacen con torpeza o una rudeza innecesaria.

PAZ Y AMOR

A López Obrador le echarán montón. Es obvio. Y paralelamente quizás veremos un desplazamiento inédito de ejércitos de bots y trolls trabajando en redes sociales para la misma causa, ya que la atención nacional estará concentrada en este primer debate, considerado como el más relevante de los tres por las consecuencias que tendría entre los indecisos, justo en este momento. Por supuesto, los llamados pejezombies darán la batalla.

A diferencia de otros debates, AMLO sería la víctima y no el victimario. Su discurso de “amor y paz” le ha sido funcional políticamente y damos por hecho que recurrirá otra vez a la misma estrategia. Sus contendientes querrán acabar con él el próximo domingo y en una de esas podría salir raspado si no logra contrarrestar o minimizar los golpes con habilidad y controlar su enojo.

Los debates son un triunfo de la sociedad y la democracia, pero también son un espectáculo televisivo, en el que se conjuga inteligencia, estrategia y técnica con emoción e imagen. Como en muchos géneros de la televisión, incluidas las noticias, parte importante de la audiencia podría identificarse con la víctima, con el personaje al que apedrearán con saña sin razón. ¿Mantendrá López Obrador ese papel?

Con información de Sin Embargo

Entradas relacionadas